Hay momentos en la maternidad que se sienten más pesados cuando estás en tu nueva casa, lejos de tu país de origen.
Estos momentos aparecen los fines de semana. Por ejemplo, cuando mi esposo y yo quisiéramos salir a correr y no tenemos con quien dejar a los niños. También aparecen cuando mi hija pronuncia mal una palabra en español. Recuerdo a mi abuelito corrigiéndome las conjugaciones de los verbos: “no se dice -yo sabo-, se dice -yo sé-.” O cuando tenemos ganas de un caldo de pollo. Ningún restaurante en Miami sabe hacer como el de mi suegra. ¿Y qué hay de las celebraciones? Antes sólo llegaban y ahora son tradiciones que cuesta mantener.
En Miami me convertí en mamá de tres. Llegamos con mi esposo hace siete años con una maleta de sueños y una identidad aún intacta. En esta ciudad que nos ha dado tanto también hemos dejado ir muchos de los eventos familiares que nos hubiera gustado compartir con nuestros seres queridos. La añoranza está presente en nuestros corazones, algo que nunca anticipamos.
La añoranza no se trata sólo de extrañar mi país de origen. También es extrañar una versión mía que quedó allá. Dejé atrás a la hija, la amiga, la trabajadora, la mujer que tenía sueños y expectativas que acá vinieron a cambiar.
En cierta forma, la maternidad intensifica y alivia la añoranza
La intensifica porque buscando formar la identidad de mis hijos les enseño de dónde venimos. Al mismo tiempo, les ayudo a pertenecer donde estamos. La alivia porque escuchando su inglés y viendo las oportunidades con las que están creciendo, me siento agradecida por el privilegio hermoso de estar acá.
Así que los días cuando criar lejos de casa se siente más pesado, saco la harina de maíz para hacer tortillas, amaso mi alma, hago bolitas de recuerdos y le preparo un bocado lleno de añoranza a mis chiquitos. Así creo puentes entre ambos mundos, compartiendo las comidas con las que crecí y creando un hogar de nuevas tradiciones.













